Hay dos maneras de pasar por esta vida, dos maneras de bajar por este río. La primera es flotando. La segunda es nadando.

Si decides flotar solo tendrás que tumbarte boca arriba sobre el agua, abrir los brazos y confiar en que la corriente te llevará al lugar donde serás feliz. Verás el cielo, las nubes, algún pájaro. Quizás las yemas de tus dedos rocen las de otro flotador. Y al llegar al final del río, te hundirás y desaparecerás.

Si decides nadar tendrás que entrar de pie al agua, luchar por mantener la cabeza en la superficie y decidir hacia donde vas a dirigirte. Verás los márgenes del río, la vegetación, los animales, la tierra. Los que flotan pasarán por tu lado sin hacerte caso o, si se dan cuenta de que estás ahí, sin comprenderte, casi odiándote. Querrán que te tumbes y dejes de nadar. De vez en cuando también encontrarás a otro que nada y ambos os miraréis con afecto y os daréis callados ánimos para continuar.

En el río los troncos y las piedras están camuflados por la espuma de las aguas. Los que flotan reciben los golpes anestesiados por la contemplación de ese cielo, que siempre es azul. Los que nadan ven los remolinos y pueden intentar esquivarlos. Pero cuando no lo consiguen, cuando la fuerza de la corriente es mayor que ellos y chocan, el dolor es tan profundo que deja una cicatriz de la que son conscientes el resto de su existencia. Una herida de la que extraen una experiencia de vida.

Nadar no es fácil, requiere esfuerzo y perseverancia.

Flotar sí lo es.

Así que nos educan para que queramos flotar. Nos dan todas la facilidades para ello. Por eso, si en algún momento queremos nadar, no nos sale. Por eso abandonamos después de un tiempo, cuando creemos que ya no podemos mantener la cabeza fuera del agua. Cuando sentimos que vamos a ahogarnos sin remedio.

Voy a ser sincera, hay una parte de mí que quiere volver a flotar. Una parte que ve cómo sus recursos materiales merman y sus ilusiones no dan todo el fruto esperado. Esa parte quiere hacer caso a los que vivieron antes en ese río extraño contemplando el cielo. Pero hay otra parte de mí, una que se resiste, que llora, que aprieta los puños. Que cree que aún es posible seguir nadando un poco más. Que mis brazos aún son fuertes, que mis pulmones aún son amplios.

¿Y sabes qué? Que ya estoy tan lejos de la dulce e hipnótica corriente que no me queda otra que seguir mi instinto. Quemar los barcos. Zambullirme y aguantar la respiración. Arriesgarme a que mis pulmones se llenen de agua y a acabar flotando exhausta. Pero también a conseguir el tesoro de las profundidades y sacarlo a la superficie.

Respiro moviendo las piernas para no hundirme antes de tiempo. Antes de dejarme abrazar por un universo sin aire. Aún puedo cambiar de opinión. Puedo hacer cualquier cosa. Pero creo que voy a zambullirme. Siento el cosquilleo de los cantos redondos en las plantas de los pies, invitándome a cogerlos.

Y decido hundirme moviendo los brazos, en este agua limpia y fría. Deshielo que nació en las montañas.

¿Qué decides hacer tú?

Créditos:
Fotografía de cabecera, libre de derechos, por  Oliver Sjöström via Unsplash

 


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