Hay tres frases, consejos, mensajes o reflexiones vitales, que me han ayudado mucho estos últimos meses mientras escribía el primer borrador de mi segunda novela, y que quiero compartir contigo. No te preocupes, que no son ninguna pastelada de esas de Osho, Paulo Cohelo o John Lennon. No va por ahí la cosa y, si sigues leyendo, sabrás por qué. La primera de ellas es:

Hazlo con miedo
El miedo no es malo. Es una reacción de nuestro cerebro que nos avisa de que hemos captado algo que podría ponernos en peligro. Una alerta para ponernos en guardia, para salir huyendo si hace falta. Un mecanismo de supervivencia que no depende del raciocinio y por eso, hace unos meses, escribir una novela me daba miedo.Mi mente no quería enfrentarse a lo desconocido y prefería seguir en zona segura, pero mis ilusiones, por su propia naturaleza loca, me decían: «Pero, ¿qué haces? Ya estás tardando en liarte la manta a la cabeza. Si más gente con la misma inquietud que tú ha podido hacerlo, al menos tú puedes intentarlo.» Y me lié. Y lo hice con miedo.

Leí libros, blogs y todo lo que cayó en mis manos sobre cómo escribir novela. También me apunté a un curso de planificación. Necesitaba aprender un método y unas bases, igual que hice cuando quise aprender a escribir cuento. Y el miedo se calmó un poco durante ese proceso, porque me sentía más segura de lo que estaba haciendo.

Luego llegó el momento de ponerme a escribir y el miedo volvió a pincharme el estómago: «A ver MC, que aún estás a tiempo de no hacer el ridículo. Mejor quítate la novela de la cabeza, o déjala para más adelante y vuelve a lo conocido. A los librojuegos, a los relatos eróticos… ¿No tenías una idea fantástica para un Placeres 2?» Y yo le dije (y me dije a mí misma): «Que sí, que tengo ya dieciocho ideas para otros dieciocho placeres, pero ahora no voy a escribirlos. Ahora tú y yo, amigo mío, vamos a escribir una novela. La segunda de nuestra vida. Y que salga el sol por Antequera.»

Durante toda la redacción del primer borrador el miedo convocó a la inseguridad y se dedicaron a hacerme guerra psicológica: «Esta novela te tiene que dar dinero, no lo olvides. Que llevas una temporada que en el bolsillo solo llevas telarañas. Más te vale que sea un exitazo.», «Tienes que prepararte más, no tienes ni idea. ¿Tú te crees que con esa construcción de frases llegas a alguna parte?», «Esa protagonista no tiene carácter. Tus personajes son planos y tus descripciones más aún.», «La idea es demasiado buena para tu poco potencial. La vas a destrozar.», «Para escribir esta mierda, no escribas.», «A veces rendirse a tiempo es una victoria.»

Lamadrequelosparió.

Consiguieron hacer mella. Ese miedo maldito y su prima la inseguridad. Pero no les di el gusto completo: «¿Así que no queréis hacer esto conmigo, verdad?» Les dije, ya hasta el moño. «Pues fijaos que yo con vosotros, sí.»

Así que los reconocí, los abracé y volvimos a sentarnos mi miedo y yo (porque en cuanto abracé a mi miedo la inseguridad desapareció), a escribir la novela: «Vamos a ver, miedo mío, ¿de qué te sorprendes? Solo estoy haciendo lo que siempre hago: aprender

Y así acabé aquel primer borrador. Y sí, pensaba que lo que había escrito era una mierda. Un primer borrador de mierda, como dice Clara Tiscar, para ser más exactos. Y también sentí que era un fraude como escritora de novela. Pero decidí dejar reposar aquello un par de semanas. No abandonarlo, por mucho que mi colaborador oscuro ya se estuviera frotando las manos. Solo guardarlo un tiempo prudencial en el cajón. Porque ahora que había empezado el proceso quería seguirlo hasta el final. Iba a reescribir, a corregir, a enviar el manuscrito a un grupo de lectores cero… Iba a hacerlo todo. Y sí, lo haría con miedo.

Lo que me lleva a la segunda frase:

Acabado es mejor que perfecto

Durante casi un mes olvidé la novela y el miedo se relajó un poco. Me centré en hacer una segunda lectura y reescritura de unos cuentos que, si todo bien, quiero autopublicar a finales de año, en reunir al posible grupo de lectores cero y en elegir correctoras, tanto para los cuentos, como para la novela.

Y sí, en cuanto la palabra novela volvió a pasar por mi mente, el miedo la olió y volvió a la carga: «Cuando vuelvas a leer ese borrador de mierda seguro que te das cuenta de que no hay por dónde cogerlo. Habrás desperdiciado el tiempo.», «No vas a saber hacer la reescritura de tamaño tocho. Tus cuentos de dos páginas solo los repasas dos veces porque te dan todos los males con la reescritura. ¡Imagínate ese novelón de 400 páginas que te has sacado de la manga!», «Y lo mismo se aplica a estos cuentos que estás ahora corrigiendo. Lo que tienes que hacer con todo esto es enviarlo a la papelera y empezar de nuevo.»,«Si no es perfecto, no sirve. Tienes que hacerlo perfecto.»

Tienes que hacerlo perfecto. ¿Y qué significaba perfecto para mi miedo? Pues me temía que significaba darle tantas vueltas, que no lo daría por acabado jamás. Y a eso, por salud mental, me negaba en redondo. Tenía claro que quería hacerlo bien, que lo haría lo mejor posible. Por algo me estaba formado, por algo estaba escribiendo cada día, por algo estaba esforzándome. Era mi segunda novela, no esperaba convertirla en un best-seller, no esperaba que fuese la sensación del año, ni que me hiciera millonaria.

«Pero entonces, MC, ¿para qué trabajas tanto en ella?, ¿por qué inviertes tanto tiempo y dinero si no es para conseguir fama y más dinero?»

Y la respuesta acudió clara a mi mente: «Trabajo en ella porque quiero acabarla. Porque necesito acabarla. Porque acabado es mejor que perfecto.»

Y en cuanto me dije esa frase a mí misma sentí que algo se aflojaba en mis cervicales, porque el miedo había dejado de ejercer presión y ya no me hacía la tenaza en el cuello. Es más, se había alejado un paso y me miraba desafiante, como si pensara cual sería su siguiente estrategia. Y pronto la tuvo.

Actuó justo después de que yo enviara los cuentos al primer lector cero y cuando me disponía a retomar el manuscrito de la novela para una segunda lectura y las primeras correcciones. Y lo hizo con una estrategia bastante rastrera. Pero, con lo que no contaba, era con que aparecería la tercera frase.

Recuerda por qué empezaste

El miedo puede llegar a ser muy poderoso, incluso paralizante, si le damos carta blanca. Y el mío supongo que pensó que tenía el camino a mi corazón despejado. Su objetivo era convertirme en una estatua de piedra y lanzó su dardo:

«Tú no eres escritora.»

¡Bam!

Cuatro palabras. Cuatro balas que perforan un riñón, el hígado, el corazón y el cerebro a la vez. Que producen tal colapso que se para toda la maquinaria: el pecho se desinfla y ya no sube; la sangre se desparrama, a través de mi alma, formando un charco enorme e invisible a mis pies y me arrugo, me encojo, me hago pequeñísima. Y una voz, que es mía pero no es mía, resuena en el interior de mi oído, justo en el momento idóneo para darme el descabello:

«Tiene razón. Soy un fraude.»

Y el maldito miedo gana una batalla.

Lo sé, no soy ni la primera, ni la última a la que le pasa esto. De hecho, si tú también tienes la inquietud de escribir, seguramente todo este post te suene muchísimo. En cuanto a problemas y dolores relacionados con el oficio, los que tenemos esta locura de crear mundos y juntar letras, somos poco originales. Así que seguramente sabrás que lo que estaba haciendo el bendito miedo, en un último intento desesperado por evitarme el sufrimiento de «hacer el ridículo», era inyectarme una dosis de síndrome del impostor.

A pesar del bajón, intenté seguir adelante. Empecé a cambiar la primera escena del primer capítulo de la novela. No me convencía lo que había hecho, tenía una idea nueva y «solo» debía escribirla. Pero el runrún seguía de fondo en mi cabeza.

¿Cómo podía combatir semejante envenenamiento?, ¿cómo podía volver a tener ganas de escribir y sentir que estaba haciendo lo que debía, a demás de lo que quería? Pues seguramente había, y hay, muchas maneras de conseguirlo, pero la que me funcionó a mí fue leer parte de ese primer borrador a mi lector cero de mayor confianza.

Fue una maniobra arriesgada, porque aquello no dejaba de ser un borrador, y siempre se ha dicho que hasta que no has corregido quinientas ocho mil veces un borrador (sobre todo si es el primero) no se lo enseñes a nadie. Pero necesitaba compartir con alguien aquella historia y escuchar su opinión. Una opinión que podía ser un «con esto no vas a ninguna parte» o un «esto promete», y como no estaba segura de la respuesta me preparé mentalmente para oír cualquier cosa. Yo solo sabía que necesitaba un apoyo externo en aquella lucha conmigo misma y el apoyo externo, como digo, funcionó. En concreto, las palabras desfibrilador que salvaron de nuevo mi corazón, fueron: «Puedes hacer algo muy divertido con esta novela. Cuando la tengas, creo que me gustará leerla.»

Y entonces supe que ya tenía una razón más para seguir trabajando en ella. Para invertir tiempo, sueño, dinero y lágrimas. Para seguir aprendiendo. Y me sentí como al principio, con la fuerza y la certeza de estar haciendo lo que debía y lo que quería.

Porque esto es lo que siempre he querido. Desde que era pequeña y escribía poesías sobre ciervos, rosas y pájaros.  O cuando de adolescente, poseída por las hormonas, escribía historias románticas de vampiros y moteros en las páginas del cuaderno, arrancaba las hojas, las grapaba y les hacía una portada.  O cuando, ya de más mayor, invertí todo el finiquito de mi contrato como administrativa de obra en una escuela de escritura, donde me enamoré del cuento y quise vivir para siempre con él. O cuando me lancé a escribir libro juegos. O ahora, que quiero escribir novelas.

Recordar por qué empecé, cuando empecé y cómo empecé, fue recordarme a mí misma desde que podía recordarme a mí misma. Y no había mayor argumento que ese para seguir adelante.

Ahora mismo, la novela de la que te hablo en este post está en pleno proceso de corrección y reescritura por mi parte. No tengo prisa porque vea la luz, quiero hacerlo todo bien, pero tampoco voy a dormirme. Mi meta es que salga este mismo año y haré todo lo posible para que así sea. Y no sé si esta novela al final tendrá más lectores que los cero o yo misma o quien la corrija, pero va a seguir adelante. Así que: «Querido miedo, siéntate a mi lado. Que tenemos que acabar una novela.»

Créditos:

 

Y tú, ¿cómo luchas contra el miedo y la inseguridad mientras escribes?  ¡Cuéntamelo en los comentarios!

2 Comments

  • MC, “acabado es mejor que perfecto”, es una de las mejores cosas que he leído en tiempo. Quizás yo peco de ser poco perfeccionista, pero ¿de qué sirve estancarse? Me ha encantado el post, pero lo que más me ha gustado es leer que sigues adelante y que te has puesto una meta, este año. Y que sepas que a mí también me encantará leer esa novela, que estoy segura que vas a acabar, aunque no sea perfecta; esa novela que tú dices que has escrito con miedo, y que a mí me suena a todo el valor del mundo, porque hay que tener mucho valor para escribir y enseñarselo al mundo; porque esto es lo que siempre hemos querido, desde que éramos pequeñas. Bravo por el post, y muchos ánimos

    • ¡Hola, Cristina!¡Muchas gracias!:-D Pues sí somos unos valientes, sí. O unos inconscientes, o las dos cosas a la vez. Me alegro de que te haya gustado el post 🙂 Gracias por leer y comentar. De vez en cuando va bien hablar de lo que sentimos y lo que aprendemos en este camino, ¿verdad? También porque hablar de ello, sacarlo a fuera, lo pone todo más en su sitio. Así que ahí sigo, ¡a por todas! ;-D

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